Borrador: Despertando a Pandora (Lords of the Underworld)

Lords of the Underworld 
Gena Showalter
Este es el primer borrador de La Noche más Oscura.
Originalmente la historia iba a empezar así... Pero luego Gena decidió cambiarla. Se titula “Despertando a Pandora



Prólogo
En cierta época, él había sido un hombre. Un guerrero. Un rey. Sus enemigos habían temblado de miedo y sus amantes habían temblado en éxtasis. Ambos habían mendigado la dulce liberación que sólo él podía dar: muerte o placer. Una cuchillada de su espada o una caricia de su mano. La vida era dulce, tan dulce. 
Pero una noche, todo cambió. 
Una mujer se acercó a él, la más hermosa que jamás hubiera visto. Seductora y aparentemente inocente. La leyenda un día la llamaría Pandora. Él la llamaría su Bruja. 
La primera vez que le visitó, ella llevaba una blanca túnica virginal y el dobladillo bailaban alrededor de sus tobillos, como si el aire a su alrededor no pudiera dejar de tocarla. Conócela. Tenía el pelo tan oscuro como el ala de un cuervo, un rostro tan delicado que casi dolía contemplarlo, y ojos de un violeta tan profundo que era como mirar una abismo sin final. 
Nadie sabía cómo había entrado en su fortaleza, sólo que había exigido una audiencia con él. Le concedió una, seguro de que era una de los otros mil que deseaban conocer el sabor de un rey. Tenía la intención de regañarla por tal osadía y enviarla de vuelta. Ahora, viéndola… 
—Puedes hablar —le dijo él, agitando su mano real a través del aire. 
—Vengo a ofrecerte el mundo, Rey Maddox. Este, y cualquier otro que puedas desear —su voz era melodiosa, encantamiento puro—. La magia será tuya para utilizarla. El tiempo y el espacio se doblegarán ante cada capricho tuyo. El poder más allá de tu más descabellada imaginación derivará de tus manos.
Sentado en su trono de oro, Maddox se echó a reír con incredulidad. Los más fuertes de sus hombres le rodeaban en un semicírculo y también se rieron de sus palabras. Cosas como esa eran imposibles en este mundo oscuro de guerra y sacrificio. La magia y el poder pertenecían a esos más allá de su alcance, dioses y diosas que rara vez se aventuraban aquí. Sin embargo, el reclamo sin duda llamaba su atención. 
Las mujeres le mentían constantemente a medida que luchaban por un lugar en su cama y a su lado. En esto, la hermosa criatura no era diferente. 
—¿Qué pides a cambio de este regalo, cariño? —preguntó él secamente—. ¿Matrimonio? ¿Convertirte en Reina? ¿El derecho a llevar a mi hijo?
Ella levantó la barbilla, soberbia y seductora. 
—Sólo te pido que tú y tu ejército escondáis mi mayor tesoro.
Él casi soltó un bufido. Su mayor tesoro, en su mente, era su cuerpo, y estaba más que feliz escondiéndolo en su cama. 
—Acepto —dijo él, sonriendo—. Mis hombres, sin embargo, tendrán que decidir por sí mismos. 
Uno por uno, sus hermanos de armas dieron un paso adelante, cada uno imitando su aceptación. Ellos también estaban sonriendo ampliamente. 
La mujer se relamió los labios anticipadamente. 
—¿Puedo besarte, gran Rey, para completar nuestro trato?
Él arqueó una ceja. 
—Estaría muy decepcionado si no lo hicieras. 
Poco a poco, ella subió las escaleras de mármol hacia la tarima, su túnica fluyendo a su alrededor como un fantasma vivo, separado de ella de alguna forma. Cuando ella se puso delante de él, una perfumada brisa flotó hasta su nariz, una brisa de tempestades de medianoche y… ¿poder? ¿La magia que ella había jurado otorgarle a él? No. Seguramente no. 
—Tus labios —dijo ella. 
—Tómalos.
Él no cambio su posición reclinada, obligándola a doblarse, para llegar hasta él. Ella lo hizo. Cerca. Todavía más cerca. Y entonces, sus labios suavemente presionaron contra los suyos. Ella se abrió para él, pero no barrió la lengua en su boca como él esperaba. No, ella pronunció una sola palabra. Su nueva prisión. Su caída. Su única razón para existir, él aprendería. 
—Violencia —dijo ella. 
Una ráfaga de violento viento se desplegó desde su boca a la de él, bajó por su garganta y a su estómago y sus huesos. De repente, se sintió incapaz de moverse, fijo en su lugar mientras el brutal viento invadía todos los rincones de su cuerpo, adhiriéndose. Convirtiéndose en parte de él. Sus músculos se sacudieron y ardieron. Su estómago se estremeció. Dolor, mucho dolor. 
Quiso maldecir, luchar. Matar. ¿Qué le estaba pasando? El viento se estaba solidificando, convirtiéndose en uno…no. ¡No! Se estaba convirtiendo en una entidad viva, otra conciencia en su interior. Podía oír el salvajismo de sus pensamientos, podía sentir la oscuridad de sus deseos. Apretó los dientes con tanta fuerza que la sangre le llenó la boca. Coge tu espada. ¡Ataca! Pero no pudo. Estaba atrapado todavía, indefenso para la criatura de viento mientras le devastaba. 
La mujer se movió hacia el hombre a su derecha, y no había nada que Maddox pudiera hacer, nada que decir para detenerla. Sus labios descendieron sobre Baden. Con una cicatriz, el hombre curtido en la batalla con más integridad y más honor, que nadie que hubiera encontrado Maddox. 
—Desconfianza —susurró ella, y Baden también se congeló en su lugar, sacudiéndose y bajo cero. 
Una y otra vez, se acercaba a los guerreros, los besaba, pronunciando una palabra diferente cada vez. 
—Dolor. 
—Ira. 
—Muerte. 
—Enfermedad. 
—Promiscuidad. 
Después de un tiempo, su voz se desvaneció de sus oídos y él no supo nada más excepto oscuridad. 
Cuando ella se fue, no lo notó. Sólo supo que cuando despertó, él era más fuerte de lo que alguna vez hubiera sido, más rápido, mejor. La criatura, la segunda conciencia, estaba inactiva ahora, así que él no trató de preocuparse por ella. Pero la magia, se percató, estaba ciertamente dominándole. El tiempo y espacio se doblegaron a todos sus caprichos, y el poder más allá de sus más descabelladas fantasías fluía de sus manos, al igual que la mujer había proclamado. 
Se deleitaba en sus nuevas habilidades, las abrazó, disfrutó de todo lo relacionado con ellas, hasta que la bestia dentro de él se despertó, no contentándose con soportar su dominio. La bestia dentro de todos los hombres despertó. 
Fue entonces cuando la mujer comenzó a llamarles. 
Las bestias eran sus sirvientes, por lo que a su vez, ellos se convirtieron en sus sirvientes. Cuando ella estaba enfadada, ordenaba a Vrede que causara destrucción. Él mataba sin piedad, obligado por la bestia en su interior a desatar un torrente de ira sobre quien ella deseara. No había manera de detener eso, ninguna forma de pelear contra ella. 
Challen, a quien llamaba para follar. Torin, a quien llamaba para las plagas. Lucien, a quien llamaba para la muerte. 
Con los años, él y sus guerreros perdieron el contacto con su humanidad. Se convirtieron en salvajes, casi incontrolables, y más crueles de lo que su creadora hubiera previsto nunca. Maddox, más que los demás. Él era la personificación de la ira, la furia y la rabia, tan letal con una sola mirada que podría asustar a la más valiente de las almas hasta morir. 
Cuando Pandora se dio cuenta de que pronto perdería todo control sobre ellos, cerró sus esencias dentro de una caja. Permanecieron en la caja durante muchos siglos, capaces de observar el mundo a su alrededor, pero incapaces de actuar. Así, como el tiempo a menudo hacía, los recuerdos de sus traicioneras acciones se deslucían. Pandora recordó sólo las cosas buenas que habían hecho por ella. Habían castigado a sus enemigos, después de todo. Habían destruido a esos poco dignos por ella. Habían apenado a los que no merecían la felicidad. 
Y así, una noche abrió la caja, con la intención de liberar a sólo uno o dos de sus mascotas. Todos, menos uno de ellos, salieron antes de que fuera capaz de cerrar la tapa en su lugar. Sin embargo, las bestias ya no le pertenecían para ordenarles, y la odiaron por lo que les había hecho. 
Pandora descartó la caja y huyó para salvar su vida, ocultándose de manera que ninguno pudiera encontrarla. 
Las bestias se dispersaron por todo el mundo, causando estragos. El único todavía atrapado dentro de la caja, así, esperó…y esperó…


Capítulo 1
—Te atrapan y arrastraré mi culo a México. 
—Tu preocupación por mí es conmovedora. En serio. 
Luchando contra una sonrisa, Farrah Roberts ancló un pequeño auricular de color carne en su oreja izquierda y atisbó a River Jackson, la única persona en el mundo en quien ella confiaba. También era el chico de diecinueve años de edad responsable de asegurarse de que no fuera capturada. 
—Sólo observa el blanco y avísame si me sigue una sombra. 
—Memorízalo un poco más, ¿vale? —Dijo él con un mohín—. Tú eres el grande y malo ladrón y yo el compinche. Me toca el trabajo duro. 
—Voy a dejar el apartamento del blanco desde el tejado. ¿De verdad quieres colgar veintinueve pisos en un fino pedazo de alambre?
—Demonios, sí —dijo él, pero ambos sabían que mentía. 
A River le daban miedo las alturas. El mierdecilla se hacía pis en sus pantalones. 
En este momento estaban sentados en una blanca furgoneta grande que era como cualquier otra furgoneta de servicio estacionada en la calle principal. Lo que había en el interior del vehículo, sin embargo, era muy diferente a cualquiera otra. Los monitores revelaban muchas de las actividades en el interior y alrededor del complejo de apartamentos al que estaba a punto de entrar, así como ordenadores y planos. 
Farrah se deslizó un anillo de plata por su dedo índice izquierdo. Si esta noche era un éxito, no tendría que usar lo que estaba oculto en su interior. 
—¿Ya has cortado el sistema de energía?
River soltó un bufido. 
—¿Qué, ahora soy un aficionado? Por supuesto que lo he cortado. 
Sus labios temblaban por la afrenta. Él podría cortar cualquier cosa, en cualquier momento, sin importar lo seguro que fuera, y no vacilaba en pregonar sus habilidades. Farrah amaba su confianza, tan diferente de la falta de autoestima que una vez había exhibido. 
Le había encontrado vagando por las calles hacía seis años, le había acogido, aunque ella había sido una niña por sí misma, y pagó su educación. Él había sido algo tímido en ese entonces, inseguro, torpe y desesperado por atención. 
—Así que… ¿cómo me veo? —preguntó ella, sujetándose un pequeño micrófono negro en el cuello de la blusa. 
Él la miró de arriba abajo, desde la acicalada cola de caballo manteniendo su oscuro caballo cautivo, la gabardina ocultando el traje negro que ella había cosido prácticamente a cada una de sus curvas y a las botas brillantes en sus pies. 
—Parece como si cargaras en cuenta doscientas dólares la hora por sumisión y dolor. De ninguna manera te mezclarías con los esnobs que viven en Crescent Moon. 
—No tengo que mezclarme. Sólo tengo que entrar en el ascensor sin ser detenida.
—Incluso si te paran, estoy controlando sus video grabaciones desde aquí. No van a conseguir tu cara en la cinta. No permanentemente, por lo menos.
—Pero ellos obtendrán una descripción para dársela a la policía —dijo ella secamente. 
—Ahora mismo, con tu maquillaje y contactos, tu cara se parece a un millar de otras.
River levantó la bolsa de terciopelo negro que contenía sus herramientas y la ancló en su hombro. 
—Fuera de aquí. Estoy aburrido. 
Farrah vio la aprehensión en sus ojos color esmeralda y se inclinó para besarle la mejilla. Se preocupaba por ella cada vez que trabajaba, a pesar de que había sido capturada por última vez hacía diez años, a la edad de quince. 
—Estaré bien.
—Sí, lo estarás. Porque estaré vigilando tu espalda. 
Sonriendo, salió por la puerta de pasajeros de la camioneta y entró en la fría noche de Dallas. River extendió la mano y le pellizcó el trasero justo antes de cerrar la puerta. Su sonrisa se amplió. Ella no se molestó en darse la vuelta para decirle algo; las ventanas de la furgoneta estaban teñidas por lo que no llegaría a ver su reacción. 
—Probando —susurró ella en su micrófono. Estaba pegado a su mejilla y tan delgado que a menudo se olvidaba que estaba allí—. Probando. 
—Buena recepción —dijo River. 
—Límpiate el culo —murmuró ella, y él se rió. 
—Te gustó, sabes que te encantó.
—Si no tienes cuidado, te voy a degradar a chico de lavandería.
—¡Puff! Me necesitas.
La luna estaba alta y brillante, y la calle estaba ocupada mientras caminaba a través. Habían estacionado a medio kilómetro del edificio, y ella hizo el viaje cruzando las sombras y los callejones sin incidentes. Nadie le prestó atención. Cuando el imponente Crescent de cromo y cristal apareció a la vista, ella susurró:
—Entrando en treinta.
—Tom y John se encuentran en las pantallas, bebiendo café y leyendo una revista. 
Los nombres masculinos: eso significaba que los dos guardias dentro del edificio estaban armados. Sólo en caso de que ella y River tuvieran un oyente no deseado, nadie con un arma se consideraba un niño, todos obtenían nombres como Bubbles y Bambi. 
Como Farrah predijo, entró en el vestíbulo treinta segundos más tarde. A excepción de los guardias, el vestíbulo estaba desierto. Bien. Era por eso que había elegido la medianoche del sábado. Los viejos estaban en la cama y los jóvenes estaban de fiesta. Sus botas taconeaban sobre el mármol de veta rosada, y su bolso rebotaba en su costado. 
Hora del espectáculo. 
—¿Puedo ayudarla, señorita? —preguntó uno de los guardias. Él dejó su café sobre el mostrador gris y se puso en pie. 
Era un hombre fornido, cincuentón. Con cara amable y ojos cansados. 
Farrah no detuvo sus pasos, pero le arrojó una sonrisa de soy-tan-inocente por encima de su hombro. 
—¿Actuando como si no me reconocieras? No es divertido —dijo ella—. Sabes que vivo aquí. 
Tal vez él se avergonzó por no reconocerla. Tal vez simplemente estaba demasiado cansado para importarle. Pero no trató de detenerla cuando entró en el ascensor. Y luego las puertas se cerraron, confinándola en su interior. Sola. Un suspiro de alivio separó sus labios. Hubiera preferido haber alquilado uno de los apartamentos y moverse libremente, sin (mucho) artífice, pero todos los apartamentos ya estaban alquilados y había una lista de espera de un año. No, gracias. Ella ya tenía un comprador para este artículo en particular, por lo que la espera no era una opción. 
—¿Qué piso está vacío? —preguntó a River. 
Tap, tap, tap. Sus dedos volaban sobre el teclado. 
—Ocho es tu mejor opción.
—Presionando ocho. 
Apretó el botón y el ascensor dio un empujón con el movimiento. Cuando se detuvo en la planta correcta, se dirigió al pasillo y fingió hurgar en su bolso por una llave. 
—Mantén el ascensor para mí —susurró ella. 
—Hecho —dijo River—. Muy bien, los guardias están vigilando y te ven en la puerta. Estoy cambiando el dispositivo…ahora —hizo una pausa—. Excelente. Todo lo que ven ahora es un pasillo vacío, por lo que asumirán que entraste en la habitación. Estoy controlando la alimentación del ascensor, también. Puedes continuar.
Farrah se apresuró a regresar al ascensor y pasó por el lector la tarjeta llave que había robado. Cualquier persona que deseara entrar en el ático de lujo necesitaba una tarjeta para acceder al piso vigésimo octavo y llegar al vigésimo noveno. 
—Tengo a la vista el vestíbulo —dijo River—. Matt y Mike están esperando al otro lado de las puertas del ascensor a las diez y a las dos. 
—Entendido. 
Farrah buscó una máscara negra en su bolso y se la puso sobre su rostro. Una vez hecho esto, embutió sus enguantadas manos en los bolsillos de su abrigo, envolviendo sus dedos alrededor de armas tranquilizantes ancladas en el interior de cada uno. Era una ladrona, no una asesina, y nunca llevaba armas letales. 
Mientras la adrenalina corría a través de ella, tan impetuosa y fuertemente que pudo habérsela bebido, extrajo las armas y las sujetó a los costados. El corazón golpeaba excitadamente en su pecho. 
Siempre había sido así. Un arrebato. Adictivo. 
Había empezado a robar a la edad de doce años, su madre había estado enferma, y había necesitado de dinero. Robó pequeñas cosas al principio: alimentos, ropa, carteras. Pero a medida que sus habilidades aumentaban, también aumentaron sus objetivos. Ahora, su mamá se había ido y ella tenía una gran cuenta bancaria. 
No había límite a lo que ella podría coger -o a quien se lo pudiera coger. Detenerse nunca le había atraído. 
—Terriblemente tranquilo ahí dentro —dijo River, cortando sus pensamientos—. ¿Me imaginabas desnudo o algo así?
Ella soltó un bufido. 
—Gracioso. 
—No. Sexy. 
—Arrogante. 
—Espera un momento —dijo él—. Llegada en cinco. Cuatro. Tres. Dos —el ascensor se detuvo; las puertas se abrieron. 
Inmediatamente Farrah levantó los brazos, apuntando sus armas a las posiciones diez y a las dos. Apretó los gatillos antes que los guardias, que estaban ya de pie, teniendo la oportunidad de darse cuenta de que ella estaba enmascarada. Los dardos rojos se clavaron ambos en el cuello. Un tipo logró sacar su arma, pero el tranquilizante era fuerte, principalmente para los animales salvajes, y se desplomó sobre la alfombra de felpa de color marrón oscuro sin disparar un solo tiro. Su amigo pronto se unió a él. 
—¿Estamos bien? —River preguntó. 
—Estamos bien —enfundando sus armas, rápidamente se dirigió a la puerta principal. La desbloqueó. Pero no entró. Todavía no—. Estoy lista para la subida de tensión. 
—Sobrecargando el sistema de energía… ahora. 
Las luces parpadearon al instante, dejando sólo un oscuro y tenebroso vacío. Un absoluto silencio reptó a través del aire, haciendo que sus oídos pitaran. Un mal necesario. Era más fácil desactivar el sistema de seguridad mediante el corte de energía que utilizar la luz y el sonido para cubrir sus acciones mientras ella se movía alrededor de detectores de movimiento y sensores de calor. 
—Tienes aproximadamente cinco minutos antes de que sean capaces de llegar al conducto eléctrico y recargarlo.
—Entrando ahora. 
Se deslizó en el interior, el tiempo pasaba volando dentro de su mente. Aquí era más ligero de lo que el hall de entrada había sido, finos rayos de luz de luna se filtraban por las ventanas sin adornos. Durante días había examinado los planos del apartamento, así que sabía exactamente a dónde ir. El propietario, de acuerdo con sus contactos, se encontraba de vacaciones en la Riviera francesa con su amante. La mujer estaba aquí, aunque esperaba que durmiendo. 
Farrah se movió silenciosamente, redondeando las esquinas y las diminutas cámaras encima de las paredes, cada una dando a River una visión directa de sus alrededores. 
—Pasillo uno, despejado —dijo él. Una pausa, y luego el ruido de su teclado—. Sala de estar, despejada. Uh, tienes a un hombre dormido en el sofá. 
Farrah dio marcha atrás, usó un dardo en el tercer guardia, o quienquiera que fuese y, a continuación, se puso de nuevo en movimiento. 
—Cocina despejada —dijo River. Hizo una pausa, tecleó—. Pasillo dos, despejado. 
El estudio era el siguiente. Llegando a las puertas dobles, la euforia de Farrah se intensificó. Esta era. La habitación. Le dio al pomo una experimentada torsión. Gran sorpresa, estaba cerrada con llave. No con una simple clavija de tambor o un pasador de tambor, no, sino con un bloqueo tubular, con pasadores en todo el camino alrededor de la circunferencia del tapón del cilindro. 
Por lo general, prefería museos a coleccionistas privados. Más de un desafío. Este trabajo, sin embargo, estaba demostrando ser bastante divertido. 
—¿Cómo voy de tiempo? —murmuró ella, dejando caer la bolsa y acuclillándose. 
Sacó las herramientas adecuadas. 
—Cuatro minutos, dos segundos. 
Insertó la ganzúa, una vibrante pieza de metal que empujaba los pasadores de la cerradura hasta la línea de corte, todo el rato trabajando la llave de tensión en el orificio inferior. Clic. 
—Estoy dentro. 
Demasiado fácil. 
—Seis segundos —dijo River—. No es tu récord, pero no está mal.
Farrah silenciosamente se introdujo en el estudio, sus botas hundiéndose en la gruesa alfombra acarminada. Incluso a través de su máscara, olió a humo de cigarro, cuero y madera recién pulida. La amplia habitación ostentaba estanterías de pared a pared. Había un escritorio en el centro, una silla acolchada y varias vitrinas encaramadas sobre pequeños pedestales de mármol. 
—¿Lo ves? —preguntó River con palpable excitación. 
Su mirada escudriñaba… escudriñaba… viendo muchos artefactos y varias piezas de joyería hasta que finalmente dio con una pequeña caja de madera. Oscura, coronada por un rostro exquisitamente tallado -el rostro de un hombre, advirtió Farrah, cuando se puso de pie justo en frente de ella- con un brillante cordón de oro envuelto alrededor por la mitad. 
El oro grabado en relieve en la etiqueta de debajo rezaba, La caja de Pandora. La satisfacción zumbó en su interior. 
—Contacto —dijo ella, impresionada. 
Sin apartar la vista del artículo, extrajo el corta vidrios y una cinta de terciopelo de su bolso. La caja era ciertamente hermosa, la más bella y detallada que alguna vez hubiera visto. Y el rostro masculino era un espectáculo para la vista, salvaje, crudo y elemental, que tiraba de todos sus instintos femeninos hacia la superficie. No obstante, no sabía por qué el comprador estaba dispuesto a pagarle una friolera millonada por ella. Especialmente, dado que Pandora era una leyenda, un mito y, probablemente, no había nada dentro. 
Con movimientos precisos, Farrah cortó un círculo en el cristal, manteniéndolo succionado por el cortador de modo que no cayera al suelo y se rompiera. Dejó la pieza en la parte superior de la vitrina. 
Abre la caja. 
Había estado en el proceso de extender la mano cuando las palabras fueron susurradas a través de su mente. Intenso, masculino. Seductor… Al igual que el rostro. 
Ábrela. 
Sorprendida, se enderezó y frunció el ceño. 
—¿Acabas de decirme que la abra? —preguntó a River. 
—No. No hay tiempo para eso. Necesitas poner tu culo en marcha. Te quedan menos de tres minutos. 
Ábrela. Mira lo que hay dentro. 
¿Qué pasaba con ella? Farrah negó con la cabeza, cogió la caja, y con cuidado la envolvió en el terciopelo. Metió el paquete dentro de su bolso, una parte suya esperando oír la voz de nuevo. 
—Mierda —mordió River de repente—. La mujer está despierta y camina a la cocina. 
—Probablemente se haya asustado cuando se fue la luz y vaya a prepararse un bocadillo de medianoche. Estamos bien —dijo, pero ya estaba moviéndose a la ventana lejana. Salió de su trinchera. 
—Simplemente sal como el infierno de ahí, ¿vale? 
—¿Tiempo?
—No mucho —dijo River—. Menos de un minuto.
Antes de que hubiera terminado la última palabra, se encendieron las luces. El radiador golpeó, también, emitiendo un suave zumbido. Farrah apartó las cortinas a un lado y levantó la ventana. El frío aire bramó a su alrededor mientras recogía su abrigo y bolso para subirse después a la cornisa. 
—La esposa está tratando de despertar al guarda —dijo River con un borde de pánico—. Ha encontrado el dardo en el cuello. Maldita sea, está corriendo hacia el estudio. 
—Lo bueno es que me voy.
Con el corazón bombeando a una deliciosa velocidad, Farrah deslizó la pistola del ultra delgado alambre de su bolso, levantó el brazo y disparó. La afilada punta se incrustó en la viga sobre su cabeza. Tiró una vez, dos veces, asegurándose de que el alambre fuera seguro. Entonces saltó, con los pies por delante, y voló hacia el suelo. 
El cable redujo la velocidad justo antes de que ella chocara -había medido la distancia antes de haber entrado en el edificio-, luego se detuvo por completo, suavemente degradándola hasta su posición. Soltó el mango, se quitó la máscara y casualmente se alejó del edificio como si no hubiera de qué preocuparse. 
Estaba sonriendo.
****
Dentro de la caja, Maddox, hervía con su necesidad por escapar. Cerca, tan cerca. Había hablado con la mujer y ella le había oído. Nadie nunca le había oído. Pero ella le había silenciado, interrumpiéndole con su erótica voz. Una voz que hizo que cada célula en su cuerpo despertara, rugiera, para exigir la liberación. ¿Cuánto tiempo hacía desde que se había agotado dentro de una hembra? ¿Cuánto tiempo desde que no había conocido nada más que oscuridad? ¿Cuánto tiempo desde que la bestia en su interior había experimentado el dulce sabor de la violencia? 
Una eternidad. 
¿La mujer tenía la intención de olvidarse de él? Oh, él no permitiría tal cosa. Él la convencería para liberarle -y ella sería capaz de hacerlo, como ningún otro humano había sido capaz, lo sabía- y las necesidades tan largamente negadas a su cuerpo, por fin, se cumplirían. Y sí, la bestia, por fin, sería liberada…

Capítulo 2
Un éxito rotundo. Otra vez. Farrah soltaba su adrenalina a gran altura, pero no podía dejar de sonreír. No hubo víctimas, ninguna persecución a pie o en coche. Sólo un trabajo bien hecho.
El comprador había insistido en que se reuniera con él la misma noche que -adquiriera- la caja. Tal vez pensó que se la vendería a otra persona. Tal vez simplemente no podía esperar para tenerla en sus manos. De cualquier manera, Farrah le envió un mensaje de texto, haciéndole saber que la caja estaba en su posesión y que se reuniría con él en su lugar acordado en una hora.
—Estaré esperando —fue su respuesta casi instantánea.
Él ya estaba en Dallas, había volado probablemente por delante de ella, hacía tres semanas.
No sabía su nombre, ni siquiera su aspecto, y lo prefería así. Siempre se reunían en las sombras. En los últimos seis meses, había hecho varios trabajos para él, todos ellos cajas muy similares a la que llevaba en su bolso. Lo que él quería con ellas, no lo sabía. Pagaba sin poner obstáculos y nunca trató de renegociar. Eso era lo que le importaba a Farrah.
—¿Quieres verla? —preguntó a River.
Él no tuvo que preguntar de qué se trataba.
—Claro que sí, quiero verla.
Mantuvo su atención en el camino mientras maniobraba su sedán a lo largo de la carretera. Habían cambiado la furgoneta en favor de un coche de alquiler que se mezclaba con cualquier otro en la carretera. Altas farolas pasaban zumbando junto a ellos, iluminando, después, ahogándose en las sombras. Los árboles y los edificios brillaban dentro y fuera de la vista.
—Este bebé va a comprarme un maravilloso Lamborghini.
Farrah asentó su bolso sobre su estómago. Pateó sus piernas sobre el salpicadero y se hundió más profundamente en su asiento.
—¿Por qué un Lamborghini?
Hubiera esperado una lista de todos los equipos informáticos con los que no podía vivir ni un momento.
—Poseer un coche como ese es como tropezar accidentalmente con una isla de desnudas y excitantes mujeres cuya meta exclusiva en la vida es darte placer.
—No, no lo es —se burló ella—. Nunca saldría con un hombre sólo porque él condujera un buen coche.
—Eso es porque tú no tienes citas, y punto.
No, no tenía. Los hombres no eran una prioridad para ella. No podían serlo. Ellos conocían su secreto y le traicionaban. Como bien sabía.
En la quietud de la noche, mientras yacía en la cama, podría anhelar uno, brazos fuertes, calor y pasión. Para el sexo que fuera caliente y duro, golpeando. Pero nunca daba rienda suelta. No había nadie en quien pudiera confiar, excepto River, pero él no contaba. Eran los mejores amigos, casi hermanos.
—Eres un niño guapo…
—Hombre —interrumpió él con una afilada mirada. Sus dedos se apretaron en el volante—. Hemos discutido esto antes. Soy un hombre. No un niño, ni un chico. ¿Me captas?
—Muy bien. Eres un hombre guapo.
Era alto y delgado, quizá demasiado delgado. Tenía el pelo castaño claro, penetrantes ojos verdes y características engañosamente angelicales.
—Si una chica no te quiere por quién eres, no deberías quererla.
Él puso sus ojos en blanco.
—Actúas como si yo estuviera buscando algo serio. Soy un pervertido en busca de acción, Farr, eso es todo. Ahora muéstrame ya la caja. Tu conversación chupa habilidades.
Luchando contra una sonrisa, Farrah excavó dentro de su bolso y levantó el montón de terciopelo negro. Poco a poco, suavemente, desenrolló la capa de material. La parte superior intrincadamente tallada apareció a la vista, el rostro del hombre en cierta forma más salvaje de lo que recordaba. Su estómago se agitó deliciosamente. Si tan sólo ese poderoso hombre existiera de verdad…
River le lanzó una mirada rápida y silbó.
—Eso es lo más estupendo hasta ahora. ¿Ya la has abierto? ¿Estaba vacía como las otras?
—No. Y no lo sé.
El comprador le había ordenado no abrir ni una sola caja. Por supuesto, cada vez ella desobedeció, su curiosidad era muy grande. Ahora, sin embargo… con la voz… Estaba un poco asustada, lo que era una estupidez.
—Ah, vamos. Abre, abre, abre —gritaba River.
Su mano le temblaba cuando alcanzó el brillante cordón de oro. Cuando en ese preciso instante, la voz regresó.
Ábrela, suplicó él. Su ronco, enriquecido timbre llenó su cabeza, invadió su sangre, sintiendo hormigueo a lo largo de la superficie de su piel. Ábrela y mira lo que hay dentro. 
Ella apartó su mano. Incrédula, le parpadeó a River.
—¿Has oído eso?
—Oír, ¿qué? —él frunció el ceño.
—Esa voz…
—No me digas que realmente crees esa mierda de Pandora y sus malignos espíritus.
—Por supuesto que no. Yo sólo, no lo sé. Esa profunda y masculina voz no deja de decirme… ¡oh, no importa! —agitó la mano en el aire—. No hay manera de explicarlo sin sonar loca.
La cara de River se arrugó y le dio un breve tienes-una-mirada-extraña.
—¿Has estado dándole al dragón mágico otra vez?
—¡Sé serio!
Él soltó una risotada.
—Lo soy. Vamos, dile al Hermano River lo que la traviesa voz te dice que hagas.
Un vistazo. Sólo echa un vistazo. 
Farrah tragó saliva.
—¿Realmente no lo oyes?
—No.
Te daré tanto placer, me sentirás en tu interior durante días. Todo lo que tienes que hacer es: Abrir. La. Caja. 
Las mejillas de Farrah se acaloraron con un sonrojo. Ahora sabía que era su imaginación. ¿No se había lamentado sobre su deseo por un hombre, por la pasión y el sexo duro, golpeando? Dejó escapar una risa avergonzada.
—No importa. Sólo olvida que dije algo.
—Sí, claro. ¿Está la voz diciéndote que te quites toda la ropa y bailes a la luz de la luna? —meneó sus oscuras cejas—. ¿Está la voz diciéndote que esperes a la nave nodriza para llevarte a casa?
Le dio un manotazo y soltó otra carcajada.
Por sí misma, volvió su mirada a la caja. Se quitó un guante y trazó la punta de su dedo sobre la cuadrada mandíbula del hombre –guerrero-, sobre la inclinación de su nariz, la plenitud de sus labios. El calor cosquilleó subiendo por su brazo. Narcotizante calor, eléctrico calor.
Un ronroneo animal llenó sus oídos. No te detengas. Toca más. 
Ahogó un grito y apartó de un tirón su brazo, incluso volvió a ponerse el guante en la mano. Aún a sabiendas de que estaba imaginando cosas, no podía detener su hormigueante reacción.
¡Mujer, dije que tocaras más, no menos! 
—¿Qué ocurre? —preguntó River.
Sus brazos se sacudieron mientras la miraba de frente, y el coche dio un viraje. Alguien les tocó la bocina. Rápidamente le enderezó en el carril apropiado.
—Nada, nada —le aseguró ella.
Aunque una ola de necesidad continuaba golpeando en su interior. Necesidad como nunca había conocido antes, como si estuviera tocando a un hombre de carne y hueso y él la tocara a cambio. Ese ronroneo…
—No voy a abrirla —dijo, más para la voz que para River—. Eso estropeará el cordón y el comprador sabrá que miramos. Podría negarse a pagarnos.
Puedo oler tu excitación, mujer. Ahora quiero saborearla. 
—Vamos a llevarle esta cosa a su orgulloso nuevo dueño —dijo en un tembloroso suspiro.
—Ya casi llegamos.
River había perdido su aire burlón y ahora canturreaba con preocupación. No es que pudiera culparlo. Ella nunca había actuado así antes. Tan… inestable. Era calmada. Ella era la única quien lo tomaba todo con calma. Era la que permanecía inalterable. Sin embargo, aquí estaba, sintiendo lujuria por una voz dentro de su cabeza.
Era hora de poner la caja lejos.
Farrah comenzó a envolver el terciopelo alrededor de la madera, pero la voz la detuvo. No. Por favor, no. La estaba torturando en esta ocasión, con una súplica desesperada. Su boca se secó y se calmó. Tal vez toda su adrenalina finalmente la había atrapado y había frito su cerebro. Tal vez necesitaba tomar unas vacaciones.
River condujo el coche al interior del estacionamiento de un motel cerca del club nocturno designado. Incluso desde aquí, podía oír los golpes y el rechinar de la música, una salvaje y frenética pulsación que estimulaba, cautivando. La gente se arremolinaba dentro y fuera, riendo, hablando y coqueteando.
—Odio estas reuniones clandestinas —murmuró River, aparcando.
El lugar de encuentro podría permanecer igual, pero cada vez aparcaban en lugares distintos.
—Nos hemos reunido con este tipo otras ocho veces. Nada ha ocurrido nunca.
Farrah suavemente colocó la caja en el salpicadero y se enrolló un grueso cinturón plateado alrededor de su cintura, tratando de hacer su traje pareciera más sexy y menos formal.
River se retorció y se ladeó en el asiento trasero, cogiendo la cámara Polaroid que ella había arrojado atrás. Tomó una foto de la caja. El destello de la brillante luz casi la cegó, y durante varios segundos vio puntos dorados anaranjados.
—Toma —dijo, tendiéndole la foto—. La prueba.
Ella se deslizó la foto bajo su cinturón.
—Gracias.
—¿Estás preparada para cualquier cosa?
—Siempre —levantó su mano izquierda y movió los dedos—. Tengo el sedante en polvo en mi anillo y un cuchillo en la bota. Además, tengo la pistola de dardos en mi gabardina —incluso mientras hablaba, anclaba el arma a su lado y tiraba del abrigo sobre sus hombros.
—Maldita sea —repentinamente explotó—. Odio enviarte sola.
—Todavía llevo el micro, así que podrás oír todo lo que se diga. Además, es mejor así, y tú lo sabes. Conseguimos el dinero sin darle una oportunidad de robar la mercancía.
—Sí, pero no tiene que gustarme —refunfuñó él.
Sacó una Glock de su bota y comprobó el clip. Cada vez que le veía con un arma mortal, experimentaba una sacudida. Ella le había metido en esta peligrosa vida, así que si algo le pasaba…
Se estremeció.
—Te enviaré un mensaje cuando tenga el dinero. Vienes con la caja, y nos iremos a casa a celebrarlo.
—Cuando esto acabe, iré a buscarme una mujer. No, dos mujeres. No me vas a ver durante una semana.
Farrah rió entre dientes mientras se aseguraba su bolso en el hombro. Había vaciado sus herramientas durante el viaje y ahora llevaba un pequeño ordenador portátil de mano. Con una última mirada, deteniéndose en el rostro masculino en la caja, salió del coche. El aire frío la envolvió, espeso con el humo del cigarrillo y el acre olor de alcohol. Farrah se acercó al club, la música cada vez más fuerte con cada paso. Su gabardina se elevaba en sus tobillos.
Su adrenalina estaba aguijoneando otra vez, corriendo por sus venas como un turbulento río. Había tanto peligro en reunirse con sus compradores como en asaltar un edificio. Aunque esto, también, le gustaba. Había algo tan estimulante… en saber que cualquier momento podría ser el último.
Su mamá, Dios la tenga en su gloria, solía llamarla adicta al peligro. Había habido amonestación y miedo en el tono de Jennifer Roberts, pero nunca le pidió a Farrah que se detuviera. Ni siquiera cuando Farrah fue arrestada por primera vez. O la segunda. O la tercera. Pero el cáncer había estado comiéndose la vida de la dulce mujer, robando su energía, destruyéndola, y había sido incapaz de alimentar a su única hija por sí misma. Farrah felizmente había aceptado voluntariamente la actividad y nunca miró hacia atrás.
Farrah entró en el club, examinando el lugar ante cualquier indicio de traición. Había bailarines, parejas retorciéndose conjuntamente con un elocuente erotismo que causó que su sangre se calentara deliciosamente. ¡Maldita sea esa sexy voz! Nunca se habría fijado en los bailarines de otra manera. Había bebedores en la barra y camareras apresurándose de una mesa a otra, tomando pedidos. Todo bajo el constante remolino de luces estroboscópicas multicolores, repartiendo una brillante ducha de rosas, azules y verdes.
Nadie apuntaba un arma contra ella. Nadie trató de agarrarla.
Farrah pagó la consumición, en poco tiempo se quitó el guante para que su mano pudiera ser sellada, y paseó el resto del camino hacia el interior. Por instrucciones del comprador, se dirigió hacia la parte posterior. La sala estaba llena a rebosar, desbordada con ansiosos, hambrientos de lujuria, hombres y mujeres. Sorteó su paso a su alrededor. El fabricado humo ondulaba en el aire, creando una neblina de ensueño. Surrealista.
Como es lógico, su contacto la estaba esperando. Estaba solo, su mesa empujada hacia un rincón oscuro.
Ella sabía que era él. Los mudos rayos de luz acariciaron su mano, iluminando un anillo con un gran zafiro en uno de los dedos que se agarraban en torno a un vaso de escocés. El corazón le martilló aún más intensamente en el pecho. Ella se metió en el asiento frente a él. Sin decir palabra, resbaló la foto de debajo de su cinturón y se la deslizó al lado del vaso.
Pasó un momento sin reacción. Otro.
Quería preguntarle por qué estaba tan fascinado con la historia de Pandora, pero no lo hizo. Al principio, había aprendido que las preguntas siempre ponían a un cliente nervioso. Y los clientes nerviosos no eran buenos. Muy a menudo se convertían en gatillo fácil.
El hombre agarró la foto entre los dedos temblorosos y se la acercó más a la cara. Grueso y plateado cabello brilló cuando una luz estroboscópica violeta pasó por encima.
—Puedes tener el artículo en el momento en que reciba mis honorarios —dijo ella, hablando en voz alta para hacerse oír por encima de la música.
Él chasqueó dos dedos, lo que indicaba la necesidad de su portátil. Ella lo retiró de su bolso y se lo entregó. Ya estaba encendido y listo para funcionar. Todo lo que tenía que hacer era introducir su número de cuenta y pulsar Enter.
Toda la transacción tardó menos de sesenta segundos.
Él le devolvió el ordenador y ella hizo una doble comprobación de su cuenta. Efectivamente, el millón estaba allí.
—Uh, Farrah —dijo River en su oído.
Su voz la sorprendió, y a saltó. Su mirada se lanzó a la izquierda y derecha, buscándole. Hasta que recordó que aún llevaba el audífono.
—¿Qué?
—Me están siguiendo —dijo él con nerviosismo—. Tuve que dejar el lugar en el aparcamiento cuando vi que tenía compañía. Dos coches. Turnándose. No los pude despistar.
Ahuecó su oreja con la mano.
—¿Polis?
—No lo creo.
Tratando de no entrar en pánico, se puso en pie. El comprador hizo lo mismo. Era alto, más ancho de lo que ella se había percatado. Musculoso. Por primera vez, vislumbró sus rasgos. Era más joven de lo que ella había supuesto, también. Probablemente no más de treinta y cinco años. Sus ojos eran grandes, marrones y carentes de cualquier atisbo de emoción. Su nariz era recta, los labios demasiado delgados, pero sexy, no obstante. Su pelo no era plateado, como ella había pensado cuando le vio, sino blanco. Como la nieve.
Irradiaba poder. Encanto letal.
No permitiéndose mostrar ni un poco de miedo, apoyó las palmas de las manos sobre la mesa y se inclinó hacia delante.
—¿Has hecho que sigan a mi socio? —preguntó.
—No —fue la respuesta sorprendentemente suave—. Nunca ha habido necesidad de hacerlo.
Estaba en lo cierto. Habían trabajado juntos antes, y nunca se había desviado del plan. Entonces, ¿quién estaba siguiendo a River?
—¿Crees que puedes llegar a casa? —le preguntó a su amigo.
Casa, por ahora, era un motel en el lado norte del pueblo.
—Lo intentaré.
Su mirada aguantó la del hombre.
—Me temo que tendré que reprogramar otro encuentro. Ha surgido algo.
Trató de correr hacia la puerta, pero él extendió el brazo y la agarró, parándola en seco.
—No te vas hasta que tenga la caja —su tono ya no era suave, sino fuerte y exigente—. Te pagué. La quiero.
Automáticamente, sus dedos se envolvieron alrededor de la pistola de dardos en la cintura. No le apuntaba. Todavía. Pero la sangre por sus venas latía a toda velocidad. Un brillo de sudor perlaba sobre su piel.
—Me temo que eso es imposible en este momento. La caja se queda conmigo hasta que mi chico esté a salvo. Y ahora mismo, le están siguiendo.
El hombre dudó durante mucho tiempo. Por último, dijo:
—Ve con él. Ayúdale. Pero espero saber de ti antes de mañana. Si no… —su voz se desvaneció. Luego añadió con calma—: Yo no quiero, Farrah, pero te cazaré y te mataré. Tu amigo River será el siguiente. Ni la muerte será rápida ni fácil. ¿Entiendes?
Él conocía sus nombres. Nunca se lo había dicho, ninguno de sus otros clientes lo sabía. Había hecho todo lo posible para mantenerlos ocultos. Mareada, Farrah asintió con la cabeza.
El hombre la soltó. Ella giró sobre sus talones y echó a correr. Sólo corrió, empujando a la gente fuera de su camino por la prisa. Estoy en camino por los pelos esta vez, pensó, mientras abría la puerta y echaba a correr en la noche. Esto no fue emocionante.
Con el aliento ardiendo en sus pulmones, se apresuró a buscar los coches. Cuando se encontró con un viejo y desbloqueado vehículo, arrojó el bolso en el asiento del pasajero y saltó dentro. Sacudió rápidamente la cubierta del salpicadero y redireccionó los cables. El motor rugió a la vida.
—River —dijo ella—¿estás bien?
Su oído se llenó de repente con el sonido de neumáticos chirriando, después, una maldición entre dientes.
—No me puedo quitar a mis sombras, Farr, y han dejado de tomar turnos. Los dos están en mi culo ahora.
¿Quién diablos le seguía? Se mordió el interior de la mejilla hasta que probó su sangre. El peligro dirigido a ella, lo disfrutaba. El peligro dirigido a River… era otra historia. Pisoteó el acelerador y se lanzó desde el estacionamiento.
—¿Adónde te diriges? Tal vez les pueda cortar.
Él recitó su ubicación y describió los coches.
—Reduce la velocidad, vale, y déjales acercarse. Simplemente no lo bastante cerca como para disparar si esa es su meta.
Ella recorrió la distancia en siete minutos, cada uno marcando más lento que el anterior. Finalmente divisó a River, estaba a varios coches por delante de ella. También vio a sus sombras. Negros, sedanes indescriptibles, al igual que el conducido por River. Sus ventanas estaban tintadas, así que no podía distinguir a los conductores.
—Estoy aquí —dijo—. Les veo.
—¿Qué quieres que haga? —hubo un filo en sus palabras, una silenciosa desesperación.
Yo le metí en esto. Tengo que sacarle. Cueste lo que cueste. 
—Cuando te lo diga, haces un giro de ciento ochenta y saltas al carril contrario. No mires hacia atrás, simplemente le das al gas —Farrah aumentó su velocidad, avanzando hacia uno de los coches—. Ahora —dijo— y arremetió contra él.
Un sedán se estrelló contra el otro, y su coche fue golpeado perdiendo el rumbo, desplazándose de izquierda a derecha.
Mientras luchaba por recuperar el control, oyó el chirrido de neumáticos, vio a River haciendo exactamente como le había ordenado y sintió una oleada de alivio. Los sedanes trataron de cambiar de dirección, trataron de seguirle, pero ella les embistió duramente hasta que chocaron con otros vehículos, el sonido del metal crujiendo estallaba a través de la carretera.
Farrah no quitó su pie del acelerador, incluso apaleada como estaba, continuó hacia el norte. Estaba jadeando, con los dedos latiendo por agarrar el volante con tanta fuerza y su piel se sentía demasiado ceñida en sus huesos.
—¿Farrah? ¿Farrah, estás bien?
—Todo está bien —acertó a decir sin ningún atisbo de emoción—. Las sombras se han ido, y yo estoy de camino a casa.
Al principio, él no respondió. Luego expulsó un suspiro tembloroso.
—¿De qué iba eso?
—No lo sé. Tal vez la caja, tal vez no. Nos preocuparemos por eso mañana. En este momento, estoy hecha polvo.
—Simplemente… deshazte del coche tan pronto como puedas, y yo haré lo mismo.
—Lo haré. Te veo en treinta, Riv.
—Sí, te veo en treinta.
Él estaba molesto, lo sabía. Nada como esto había ocurrido nunca antes, y habían hecho muchos, muchos trabajos juntos. Tal vez había llegado el momento de salir del negocio, ir a algún lugar soleado y seguro y relajarse por primera vez en su vida. River podría llevarse al huerto a las chicas de las que siempre estaba hablando. Podía hacer un trabajo normal, tal vez comenzar su propio negocio de ordenadores.
Farrah suspiró. Sí, ya era hora. Después de un tiempo, probablemente. Echaría de menos las prisas, el peligro y la emoción, pero River era más importante. Mañana, entregaría la caja a su nuevo propietario, su amenaza de muerte todavía resonaba en sus oídos, para después comenzar a planificar una nueva vida para ella y River.

Capítulo 3
Cuando Farrah entró en la habitación del motel, estaba feliz de ver que River ya estaba allí. Él descansaba en la cama, cambiando los canales en el televisor. Se veía tan joven, yaciendo ahí, con el manchado edredón rojo ahuecado a su alrededor y grandes almohadas blancas debajo de sus pies. 
La puerta crujió al cerrarse detrás de ella. Sus ojos se encontraron, los verdes preocupados, los azules aliviados. Sin sus lentillas, su mirada hubiera sido un aliviado marrón. 
—Lo siento —dijo ella, cerrando la puerta suyo—. Lo siento tanto. 
Frunció el ceño, él dejó caer el mando a distancia y se enderezó. 
—¿Por qué? No hiciste nada malo. 
—Yo te metí en este estilo de vida. Yo… 
—Me salvaste —terció él—. Una y otra vez. 
Ella abrió la boca para responder, pero él la cortó con un movimiento rápido de la cabeza. 
—No. Ni una palabra más sobre el tema. Vas a descansar, dormir algo y yo voy a desahogarme. Hay un bar a una calle de aquí. Tienen billar y mujeres fáciles, y como sabes, esa es mi combinación favorita. 
Ella frunció los labios mientras cruzaba los brazos sobre el pecho. 
—No tienes edad suficiente para entrar en un bar. 
Él saltó de la cama y metió los pies en sus botas, mostrando su maliciosa sonrisa y, de repente, pareciendo mucho mayor que sus diecinueve años. 
—Mi carné dice lo contrario. 
Cierto. Había falsificado el carné ella misma. Pero no necesitaba beber cerveza, lo que ofuscaba su cerebro y le volvía risueño, haciéndole proposiciones a todo el mundo mientras respiraba y esperaba. De cerca, pudo ver las líneas de tensión alrededor de los ojos, la fuerza de sus labios apretados. Perdió su fuerza. Realmente le hacía falta desahogarse. 
—Ten cuidado, vale. Telefonea si hay algún problema. 
—Sí, mami. 
Ella ancló las manos en sus caderas. 
—Quienquiera que te persiguiera está todavía ahí fuera, sabelotodo. 
Él asintió con la cabeza, su expresión volviéndose feroz. 
—Es por eso que no le abrirás la puerta a nadie, no importa quién diga ser. 
—Sí, papi —le imitó ella. 
Riéndose, él le lanzó una almohada. Ella se agachó fácilmente, la espuma rebotando en la puerta. River estuvo frente a ella en el instante siguiente, besándola en la mejilla. 
—Si no estoy de vuelta por la mañana, es porque por fin he encontrado a la mujer fácil de mis sueños. 
—Por lo menos elige una que tenga todas las vacunas. 
Él no respondió, pero silbaba entre dientes mientras salía. 
—Incorregible —murmuró Farrah, atrancando la puerta de nuevo. 
No es de extrañar que le quisiera tanto. 
Con un suspiro, caminó más allá de la cama y se paró en seco. Su mirada se había enganchado en el montículo de terciopelo negro en lo alto de una de las almohadas. La caja de Pandora. Sólo el verla la hizo vibrar, hizo su sangre calentarse y su estómago revolverse. Pero se obligó a mirar hacia otro lado, a la almohadilla en el cuarto de baño. 
Necesitaba enviar el mensaje al comprador. Debía hacerlo ahora. Pero…todavía no, pensó. Aún había tiempo. 
Después de quitarse las lentillas, se desnudó y se duchó, el agua vaporosa lavó eliminado el color oscuro que había aplicado a su piel. Todo el tiempo pensó en la caja. ¿Qué diría la voz de su subconsciente si ella la tocaba otra vez? 
¿Podría saludarla sólo el silencio? 
Tal vez estaba loca, pero quería saberlo. Tenía que saberlo. Quería oír el profundo y sensual timbre de su voz de nuevo. Sí, tenía que oírlo. 
Farrah cortó el agua y se envolvió en una tiesa toalla blanca. La larga longitud de su pelo caía por su espalda. Mordiéndose el labio inferior, salió del baño en una nube de vapor y se acercó a la cama. Durante mucho tiempo, simplemente se quedó mirando el bulto oscuro. Qué inocente se veía… qué seductor… 
Prácticamente en un trance, dio un paso adelante. Estaba llegando… casi… pero la punta del pie se enredó –apartó su mirada y miró hacia el suelo- a su bolsa de viaje. Ella y River habían guardado sus pertenencias aquí esta mañana temprano, después de haberse movido de su ubicación anterior en la preparación para el trabajo. 
Tomó aire, dentro y fuera. Vístete primero y pon bajo control tu absurda compulsión. Esta necesidad es ridícula. Aún mirando la caja, se vistió con una camiseta rosa y pantalones a juego para dormir. Su deseo por escuchar la voz era un poco aterrador. La adrenalina corría a través de ella como si estuviera a punto de entrar en una fortaleza fuertemente armada. 
Aunque jugueteaba cambiando los canales de la televisión, alcanzó una vez más el terciopelo. Lentamente apartó el suave material, centímetro tras agonizante centímetro. La oscura madera, finalmente apareció a la vista, y la boca se le inundó de humedad. 
Ábrela, mujer. He perdido la paciencia contigo. 
Al oír eso, se terminaciones nerviosas se electrificaron. No la había abandonado. Él todavía estaba aquí. Pero ya no era seductor, ahora era dominante. Espera, pensó, frunciendo el ceño. Ahora pensaba en la voz como la de un hombre de verdad, no un producto de sus hormonas largo tiempo ignoradas. 
¡Ábrela! No me hagas decírtelo otra vez. 
—El propietario… 
No lo sabrá. Te lo prometo. 
Qué tentador…irresistible. 
—Está bien —se encontró diciendo. Dios, estaba teniendo una conversación con una persona inexistente. Loca no empezaba ni a describirla—. La abriré, pero el tipo me amenazó con matarme a mí y a la única persona en el mundo a quien quiero. Si se da cuenta de lo que he hecho, se cabreará y podría tratar de matarnos de cualquier manera. 
Él no te tocará. Me aseguraré de ello. 
Un temblor viajó a lo largo de su columna. La voz era feroz, salvaje y letal. Y acertada. Ella enviaría el mensaje al propietario, dejándole saber que la caja estaba segura y que se la enviaría por correo antes de desaparecer. Incluso si decidía ir a por ella y River, nunca les encontraría. Ellos serían cosa del pasado, ocultos. 
Con ese pensamiento, abrir la caja ya no era una pregunta. Era una certeza. 
Farrah se deslizó al borde de la cama y suavemente colocó la caja en su regazo. La madera era pesada y caliente, tal como ella recordaba. El bello rostro masculino parecía mirar hacia ella, dentro de ella. Desató el cordón de oro y puso sus temblorosas manos sobre la tapa. 
Abre, abre, abre. 
La levantó lentamente. Antes de que la hubiera alzado ni un centímetro, sin embargo, fue arrebatada de sus dedos, saltando abierta por voluntad propia. Algo -¿una mariposa?- soplaba desde el centro hueco un flujo cobalto batiendo furiosamente sus alas. 
Farrah observó, con la boca abierta. Sí, era una mariposa. Pero… ¿cómo? ¿Cuánto tiempo había estado en el interior? ¿Cómo había sobrevivido? Como los pensamientos vertiéndose a través de su mente, las alas del insecto comenzaron a crecer, expandirse. 
Justo en frente de sus ojos, el insecto se alargó… más largo… transformándose en una forma sólida. Las brillantes alas azules se convirtieron en atezados músculos y tendones, cicatrices y tatuajes. Agujeros y piel. ¡Piel! 
La conmoción rodó a través de ella. Shock, temor e incredulidad. Se frotó los ojos, sabiendo que la increíble vista habría desaparecido en el momento en que se enfocara. No, todavía estaba allí. Mierda. ¡Mierda! Se arrastró hacia atrás, todo el camino hasta el otro lado de la cama. Golpeó el borde y cayó al suelo, sacando el aire de sus pulmones. 
—Mujer —dijo la seductora voz, ya no en su mente, sino aquí, con ella. 
A solas con ella. 
Querido Dios. Se puso de pies, golpeándose las rodillas. Ahora había un hombre en su habitación. Un hombre alucinante. El oxígeno quemaba en la garganta mientras lo estudiaba. Era increíblemente alto, sin camisa y rasgado con filas de músculos tras músculos. Tenía el pelo tan negro y sedoso como el terciopelo en la cama. Sus ojos eran del mismo color como las alas de la mariposa habían sido, de un azul palpitante. Etéreo. Surrealista. Estaban rodeados de rizadas pestañas negras, un marco deliciosamente perfecto. 
Su rostro… era el rostro sobre la caja. Salvaje, primitivo, elemental. Franjas de pintura azul recortaban sus afilados pómulos. Su nariz era un poco aguileña y sus labios eran demasiado llenos, pero era exquisito, no obstante. 
El resto de él, bueno… tragó saliva. Sus dos pezones estaban perforados, completamente en confrontación con la mariposa tatuada en su pecho, sus alas se extendían sobre sus pectorales, la clavícula y sobre sus hombros. Vestía pantalones negros de cuero hechos con crudeza y botas muy gastadas que le llegaban a la mitad de las pantorrillas. Un brazalete de plata rodeaba su bíceps izquierdo. 
Él extendidos sus extensos brazos y rugió. Rugió de rabia y frustración, alivio y necesidad. Sus rodillas casi colapsaron. Nunca se había enfrentado con la más primitiva y erótica situación: aterradora, pero increíblemente excitante. 
—Eres…eres…—no sabía qué decir, casi no podía respirar. 
Esto no estaba ocurriendo, no podría estar ocurriendo. ¿Quién era? ¿Qué era? Le hubiera gustado a sí misma decirse que era un sueño, una alucinación, pero no pudo. Real, cada célula de su cuerpo lo gritó. 
—Violencia —ronroneó él con esa profunda, enriquecedora voz. Había rabia en sus ojos, tal vez furia—. Soy Violencia y tengo hambre. 
Mientras hablaba, sus ojos azules se centraron en su rostro, intensos, consumiendo, y supo, que no estaba hablando de comida. Él irradiaba calor. Abrasador calor. Ampollas de calor. Un zumbido de electrizante energía viajó a lo largo de su cuerpo. Sus pezones se endurecieron dolorosamente y un delicioso calor se reunió entre sus piernas. 
Tragó saliva. Quién era y lo que era ya no parecía tener importancia. Lentamente, retrocedió, tratando de llegar a la puerta sin alertarle del hecho que tenía la intención de escaparse. 
—¿Dónde crees que vas? —preguntó él. 
Vale, se había dado cuenta y ahora parecía a punto de matarla. Farrah no perdió un segundo más. Dio media vuelta y echó a correr hacia la puerta. Cerrada. ¡Maldita sea! Con su inestable agarre, trabajar la simple cerradura resultó ser más difícil que la tubular con la que había peleado hacía sólo unas horas. Finalmente, sin embargo, consiguió salir. El frío aire mordió y picó su expuesta y húmeda piel. 
Jadeando, tratando de no entrar en pánico, salió corriendo al estacionamiento iluminado por la luna, sus pies desnudos golpeando en el frío cemento. Las piedras cortaban su sensible piel e hizo una mueca. Pero no se detuvo. La mejor manera de escapar de él, pensó, rodeando el costado del edificio, era perderse entre las sombras, en los recodos del camino. Cuando estuviera completamente a salvo, llamaría a River y le diría que se encontraran en otro lugar. 
No hubo pasos detrás de ella, así que se atrevió a echar un vistazo rápido. No había rastro de él. Bien. Tal vez había decidido que no valía la pena. Cuando volvió a concentrarse delante de ella, se estrelló contra una dura pared, una muralla que la envolvió en un incitador calor. Fue catapultada hacia atrás y aterrizó sobre su culo con un duro golpe. 
—Mujer, no puedes escapar de mí. Tengo tu olor en mi nariz. 
¿Cómo había llegado antes que ella? ¿Cómo, cómo, cómo? Con un suspiro, se sacudió hasta sus pies y echó a correr en dirección opuesta, por el mismo camino por el que había venido. Antes de que lograra dar tres pasos, él estaba bloqueando su camino. 
Con los ojos ampliados, se detuvo. ¿Cómo lo hacía? 
—¿Quién eres? —consiguió decir ella. 
—Rey Maddox. Violencia, como te dije —hizo una pausa, mirándola con determinación—. El hombre que tendrá tu sabor. 
¿Rey? ¿Violencia? Sacudiendo la cabeza, Farrah se apartó de él. 
—Estás loco. Estoy loca. Esto es una locura… Sólo déjame en paz. 
Con eso, giró sobre sus talones y corrió tan rápido como sus pies la llevaban. Una vez más. 

****
Madoxx la vio alejarse. No se materializó frente a ella en esta ocasión, pues sabía que en cualquier momento, con un simple chasquido de sus dedos, podía encontrarla. Oh, sí. Dondequiera que fuera, podía -y deseaba- encontrarla. No había mentido. Su erótico olor, una fragancia de salvaje pasión y dulce mujer, instantáneamente le llevaría a su ubicación. La magia de la bestia le dotó con esa capacidad. 
Estaba duro por ella, su sangre un derretido río en sus venas. Por un momento, un jadeante momento, ella le había mirado y había habido deseo en sus ojos. Extremo y necesitado deseo que había intensificado el suyo. 
Podía encontrar otra mujer para saciar los siglos de deseos negados a su cuerpo -olía a varias cercanas- y tal vez lo haría. Pronto. En este momento, sólo deseaba a una, con su sedoso cabello de medianoche, sus ojos oscuros y exuberantes rojos labios. Con sus curvas delicadas y voz de sirena. Sus pechos y sus duros pequeños pezones le habían hecho la boca agua. La larga longitud de sus gráciles piernas había sido hecha para envolverse alrededor de su cintura. 
Por el momento, no deseaba a ninguna otra. 
Farrah, se llamaba. Un nombre elegante para una mujer de muchas contradicciones. En el lapso de tiempo de unas horas, la había oído enojada, feroz, tierna, bromista, incrédula y asustada. Le había gustado más la fiereza. Le habría gustado que la dirigiera sobre él. En la cama. 
Había robado su caja con una habilidad que le sorprendió. Seduciéndole y excitándole. Quería esas expertas manos sobre su cuerpo, acariciándole para excitarle por completo. Sí, pensó otra vez, tendría a esa mujer. Bajo él, sobre él, una parte de él. Pero la tendría un poco más tarde. Estando fuera ahora, simplemente se deleitaba con el hecho de que estaba libre. Por fin, estaba libre de las constricciones de esa odiada caja. 
Ya no sería el prisionero de Pandora nunca más. 
Respiró profundamente el aire de la noche, su frescura crujiente acariciando su piel. Y todavía la rabia le llenaba, le consumía. Tanta rabia. ¿Cuánto tiempo había deseado un momento como éste? ¿Cuánto tiempo había rezado a los dioses que se habían negado a escuchar? Una eternidad, al parecer. 
Un rugido sopló de sus labios. Con los puños apretados, golpeó la pared más cercana. La estructura entera se estremeció. Pateó los recipientes metálicos y dobló los barrotes de una escalera. Se alegró que Farrah no estuviera allí para presenciar su rabieta. Pero quería destruir todo a su alrededor. Todo, excepto, quizás, la mujer. A ella, quería follarla. Duro y largo tiempo. Hasta que la rabia fuera aplacada. 
Cuando se tranquilizó, cerró los ojos y trató de disfrutar de la noche. No sabía dónde estaban sus hombres, o lo que Pandora les había hecho cuando se habían escapado. ¿Aún estaban vivos? Debía saberlo, porque él era responsable de ellos. No importa dónde tuviera que buscar ni por cuánto tiempo, él iba a encontrarles. 
—Libre —gritó a los cielos. Puntos de luz titilaron sobre él—. Libre. 
Encerrado todos estos años, con nadie más que la bestia dentro de él como compañía, había aprendido por fin a controlar su necesidad de sangre y venganza. Todavía era peligroso, todavía era más un arma que un hombre, pero podría vivir en este mundo moderno. Podía, por fin, forjar una vida para él y sus hombres. Una vida que le había sido denegada a causa de un tonto error. Su error. 
Se dirigió a la habitación que había abandonado. Cuando las paredes se cerraron en torno a él, se acongojó por la pérdida de la intemperie. Se apresuró a recoger la caja, el material con el que Farrah le había cubierto y su bolso. Sonrió. Ella querría recuperarlo, estaba seguro. 
—Voy a por ti —dijo él, sabiendo que ella no podía oírle. 
Pero tal vez sentiría la advertencia en sus huesos. 
No sabía dónde estaba Pandora, pero la encontraría también. Ella conocería el sabor de su bestia por fin. La mataría como había soñado todos estos años, sin pensar, sin dudar, sumando otro pecado sobre sus ya pesados hombros, un pecado el cual debería expiar cuando la culpa invariablemente le golpeara. Pero no le importó. 
Ve. Encuentra a la pequeña ladrona y sacia tus deseos. Después, comenzaría a seguir la pista de Pandora y sus hombres. Uno por uno

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